Odio a las minas que se maquillan en la micro. Me dan asco. Las encuentro ordinarias, hasta el punto que no me parece más aceptable que lavarse los dientes o sacarse los mocos en el transporte público.
Esa paciencia con que toman el colorete, se pintan la cara hasta que quede pareja a pesar de las imperfecciones, todo al ritmo de los hoyos en el camino y los semáforos impredecibles. Es notable, especialmente, la precisión con que se delinean los ojos y hasta encrespan las pestañas. Esos detalles son tan quirúrgicos como escupirle a la separación entre dos baldosas del camino.
Lo gracioso es cuando hay que soportarlas, con sus codazos, y hacer la nariz gorda a los litros de perfume que a diario bombardean la atmósfera microbusera. Como dijo mi amigo Calvito, a propósito de otro ambiente tóxito, “es como apretar cinco veces el Glade Toque: huele bien, pero puta la hueá hedionda”.
Féminas, por favor: si han de maquillarse, háganlo en su baño, o la próxima vez, procuraré andar con la Philishave y el talco para pies.

Yegua.
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